Opinión

HERMANDADES y SOLO HERMANDADES”.

Por Antonio Gutiérrez Molina.

Si algo distingue a las corporaciones nazarenas de Sevilla de las del resto de España, es el perseverar en el intento de ser “hermandad”, por encima incluso de su distintivo de “cofradía” en el día de su estación corporativa,  el  que sus Reglas  disponen, a la Santa Iglesia Catedral.

Este tema lo han abordado muy significados cofrades, pregoneros, conferenciantes y gente en general ligados al mundo de las cofradías de nuestra ciudad, empeñados todos ellos en remarcar el carácter de comunión eclesial entre sus miembros y la llamada Jerarquía eclesial. Estaremos de acuerdo en que nuestras hermandades, con sus características, peculiaridades y personalidad diversas, constituyen no sólo el eje vertebrador de  la religiosidad sevillana sino que a mi criterio, sometido a cualquier otro mejor fundado, representan unos elementos de cohesión social, de relación ciudadana y hasta de personalidad de los barrios, collaciones y parroquias, donde, desde hace siglos la Hermandad constituye el signo distintivo.

Viene todo este preámbulo, quizás demasiado largo, para realizar, vuela pluma una aproximación a la Semana Santa en el conjunto de las Fiestas Mayores de Sevilla.

No pretendo sentar cátedra de nada ni mucho menos enmendar la plana a los sesudos analistas de una realidad que está ahí con todo su patrimonio material, inmaterial y cotidiano; con su fermento vivificador y atractivo para muchísimas personas que encuentran en la semana que dura la vida, como bien diagnosticó Joaquín Caro Romero, el argumento fundamental  de su parada ante Dios.

Por eso, me llena de inquietud determinados signos de alerta que empiezan a dibujarse entre nuestras Hermandades. No me refiero ya a rivalidades y tensiones soterradas que en más ocasiones que las deseadas afloran en las mismas. Ni a los desgarramientos dolorosos como a veces hemos tenido ocasión de apreciar. Esto sirve para dar argumentos a los que nunca han querido entender ni comprender a nuestras Hermandades. No se quien dijo que a las mismas sólo había que aceptarlas tal y como son, sin ahogarse en silogismos ni prejuicios que evitaran su total comprensión, valga la redundancia.

Me refiero a la inversión de nuestro espíritu cofrade en los días de la Estación de Penitencia. Ya se que las circunstancias externas no favorecen el que afloren las características fundamentales que conforman nuestra razón de ser. Pero hay que actuar, como la mayoría de nuestras Corporaciones hacen, con diligencia y prontitud , para que la Semana Santa no se nos convierta en campana que atruena y metal que aturde. O lo que sea peor aún: desfiles empingorotados o espectáculos para turistas.

Para ello, hay que insistir con fuerza bastante, que  toda formación es poca. Toda comunión entre los hermanos insuficiente. Toda vinculación con la parroquia escasa, naturalmente conservando las particularidades específicas que han hecho de nuestras hermandades, sal, luz y signos para tantísimas personas que buscan el encuentro con Dios con sincero corazón.

Las cofradías son antes que nada hermandades. Ya se que es una obviedad que ha sido pregonada con reiteración. Pero, sin formación no hay ni hermandad ni cofradía que valga y nos entretenidos “jugando a los pasitos”.

Sevilla configurada, se quiera o no, por la razón de sus hermandades que han resistido la furia iconoclasta en su multitud de variantes, merecen unas hermandades fieles a lo que este tiempo revuelto exige de ellas. Responsabilidad es de nosotros, los cofrades, seguir en el empeño y no desmayar en el intento.

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